SEGUNDO PASO: MEDITATIO

Posted on mayo 3rd, 2020 in > SEGUNDO PASO: MEDITATIO by admin

¿Qué nos dice el texto?

Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE LA ESPERANZA DE LA VIDA

(mujer, soltera, trabaja, médico, pertenece a comunidad cristiana y movimiento laical )

«Yo soy la puerta»….tantas veces he creído que la puerta estaba en la realización personal, en ser médico, en proyectarme, ser reconocida, ser valorada, ser famosa y admirada. Tantas veces me auto convencía de ello, hasta me justificaba, auto engañaba… Hasta que un día Jesús me dice, de que vale todo eso si pierdes tu alma? Si te esclaviza tu imagen, si te encadena y hace sufrir tu ego, tus autoexigencias , tu autoperfección, (las voces de los lobos). «Yo soy la puerta» y tu «oveja», humilde, pacífica, sencilla. El Papa, nos invita a oler a oveja, para que nuestro corazón se conforme al de Jesús, para seguirle a Él , no a mi imagen ni mi ego. Darle la Gloria a Él, y entonces libre, podré ejercer el  mejor servicio: famosa o no, reconocida o no, una eminencia o no. Porque lo importante es reconocerlo a Él como la puerta que me lleva al cielo ya aquí en la tierra y hacer que los pacientes, compañeros,  también puedan encontrar esa puerta que nos da la felicidad en plenitud.

DESDE LA VIDA ORDINARIA

(hombre, soltero, trabaja en país extranjero, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar en su tierra natal)
 

En la homilía del pasado domingo, un sacerdote claretiano hablaba de una palabra clave para comprender el pasaje de los discípulos de Emaús: encuentro. De nuestro encuentro con Jesús, y también, en perspectiva misionera, de nosotros ser «encuentro» para otros, encontrarnos con aquellos que están necesitados de la alegría del resucitado.

Con el Evangelio de este domingo, vuelve a resonar en mi corazón la palabra «encuentro». El encuentro de la oveja con su pastor.

Pararme a orar este pequeño fragmento del Evangelio de Juan me hace consciente de la cantidad de voces que resuenan dentro de mi, y que no son la voz del buen pastor. Voces de ladrones y bandidos como les llama Jesús en la lectura, que me roban esperanza, que me roban la paz y la alegría, más aún en este tiempo difícil que estamos viviendo. Y es que la puerta por la que me llama Jesús a veces es estrecha, y no caben excusas, sino sacrificios, tengo que dejar cosas atrás, porque no entro con todo eso.

En el Evangelio me veo reflejado en muchos personajes que se encontraron con Jesús, o de los cuales habló Jesús. Los apóstoles, por ejemplo, que quedaron entusiasmados con el encuentro con Jesús, como yo tantas veces que he tenido esa conducta enamoradiza, pero que después flaquea. Después viene la lucha por ser fieles a esa relación.

Otro encuentro, con el joven rico. Una vida intachable, pero cuando le pide Jesús el paso definitivo, se entristece y renuncia, porque estaba demasiado atado a su riqueza, a su vida, a su comodidad.

Y otro ejemplo que nombra Jesús, el del hijo pródigo. Que escuchó otras voces, e ignoró la de su padre. La de su pastor. Pero decide volver, y su padre no le echa en cara, sino que le espera, le recibe y le ama.

Son muchos los encuentros del Evangelio que se parecen a mi/s encuentro/s. Y la respuesta de Jesús, siento que es también la misma. Me llama, me espera; respeta mis tiempos, mis momentos, mis espacios, y me ama cuando escucho otras voces. Porque él sabe que esas voces me «roban» y me «matan», pero su voz, el encuentro con ese Pastor con olor a oveja, me da la vida, y vida abundante.

DESDE LA ENFERMEDAD

(mujer, casada, jubilada, convaleciente, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)
 

Leyendo este evangelio donde nos dice que el pastor conoce a sus ovejas por su nombre, me viene a la cabeza un programa de TV que estábamos viendo en casa hace poco sobre como los pastores saben diferenciar por el sonido de los cencerros a su ganado hasta el punto de conocer de qué animal concreto se trataba, (yo más bien lo oía porque en esos días tenía la vista regular), pero me llamó mucho la atención. Contaba ese hombre que los meses de menos frío sacaban al ganado (en este caso eran vacas) a pastar libremente por las montañas. Controlar estos animales era uno de sus quehaceres y para ello utilizaban los cencerros, estos eran sus grandes aliados. Lo que me llamó la atención es que este hombre solo por el sonido del cencerro sabía que animal era sin verlo y lo llamaba por su nombre. Decía que cada cencerro suena distinto y en ello influía las características del propio animal, tengo que reconocer que a mí me sonaban todos igual, seguramente seré dura de oído. Me fascinó que conociera tanto a su ganado que solo por el sonido supiera quien era y con donde estaba. Contaba que esa pericia le había llevado tiempo.

Jesús es ese buen pastor, que me conoce personalmente, para él no soy un número más en la lista de sus seguidores. Me llama por mi nombre, lo que significa cercanía y familiaridad. Conoce mis fortalezas y debilidades. Es paciente porque sabe de mis cabezonerías, pero también es exigente. Pero además de conocerme, no quiere perderme y me hace una advertencia importante: “ante voces extrañas, es necesario conocer su voz”. Ahora sí que tengo que afinar el oído, sí que tengo que estar atenta. No todas las voces que oigo son la del Señor, tengo además un problema añadido, los ruidos externos a veces no me dejan oírlo; es más, ocasionalmente los ruidos que yo hago tampoco me dejan. Pero no basta solo con conocer su voz tengo que escucharle. Con los años he aprendido la importancia de la escucha, lo importante que es ejercitarla, ocurría que le hablaba tanto al Señor de mí que no dejaba que él me hablase a mí. Puede ocurrirnos que escuchemos poco y mal. Que oigamos, pero no escuchemos. Por eso para mí es necesario al comenzar y terminar el día ponerme en presencia del Señor y escucharlo, saber que me está diciendo, que es lo que espera de mí. Y como Samuel le digo: Habla Señor que tu sierva te escucha.

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