SEGUNDO PASO: MEDITATIO

Posted on abril 19th, 2020 in > SEGUNDO PASO: MEDITATIO by admin

¿Qué nos dice el texto?

Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE LA ESPERANZA DE LA VIDA

(mujer, soltera, trabaja, médico, pertenece a comunidad cristiana y movimiento laical )

Jesús llega y se pone al centro de mi vida y me trae la PAZ. Como a Tomás, no me juzga porque dudo, o por mis miedos o inseguridades. No reniega de mi porque quiera seguridad.

Me dice, trae tu mano, TÓCAME. No me juzga, no me recrimina, no me exige, no me dice, tanto tiempo en la iglesia y no me ves? Sino con bondad me coge la mano, tócame, en tus pacientes, en sus debilidades, sus inseguridades, miedos, angustias. Así me invita a tocarlo con cariño, con misericordia, sin exigencias, sin juicios, sólo la entrega , como DON DE SU GRACIA.

DESDE LA VIDA ORDINARIA

(hombre, soltero, trabaja en país extranjero, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar en su tierra natal)

Lo que en el Reino es la gloria de Dios, en la tierra es la paz para el hombre, y la paz para el hombre es el reflejo de la gloria de Dios. La buena noticia evangélica es un mensaje de paz profunda, y por eso Jesús resucitado lo que hace una y otra vez es dar la paz.

Hace años, me «tropezaba» con el Salmo 33 que reza: busca la paz, y corre tras ella. Y creo que ha habido un cambio muy significativo en mi vida, en mi forma de relacionarme con los demás, en mi forma de trabajar, de liderar grupos de trabajo, también de vivir mi fe, en el que he comenzado a afrontar toda situación que vivo desde esa paz interior. De la paz profunda de estar en comunión con Dios. De saber escuchar su voz en mi silencio.

Seguro que hay momentos en los que cierro mis puertas, lleno de miedo. Y también situaciones en las que actúo incrédulo. Pero siendo algo tan sencillo, y a la vez una profunda vivencia (que requiere práctica, entrenamiento, para desarrollar ese regalo que Jesús nos da), lo que más anhelamos es estar en paz, no solamente vivir en paz, sino estar en paz. Ser moradas de paz, portadores de la paz que surge de Dios.

Para ello, es importante desarrollar esa escucha interior, y buscar momentos de soledad, de soledad con Dios. Y desde ahí, ir a mi Galilea, en la que también he descubierto que puedo contagiar esa paz, que puedo ser Pascua para las personas con las que convivo, con las que trabajo. Tiene un poder transformador. Cambia todo.

Y a veces tan preocupado, a veces tan inquieto, tan disgustado. Siendo los cristianos portadores de la mayor alegría, no podemos permitir que en nuestra vida Cristo no haya resucitado y nos haya dado su paz.

Esa paz no me genera un sentimiento de conformismo cuando afronto dificultades, pero sí de serenidad que nace de la esperanza. No es un mero optimismo. Es un don de Dios. Es saber que después del dolor, del sufrimiento, de la soledad, de la falta de amor, de la enfermedad, de la muerte…de cada día, resucitaremos con Jesús.

Busca la paz, y corre tras ella.

DESDE LA ENFERMEDAD

(mujer, casada, jubilada, convaleciente, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)

En este tiempo de confinamiento he tenido tiempo para muchas cosas, limpiar los archivos del ordenador, que estaban llenos. Leer ese libro que había dejado a medias. Aprender a hacer montajes con mis videos y fotos familiares. Pero sobre todo a hablar largo y tendido con mis hijos, hermanos, familiares, amigos. Hemos hablado de lo divino y de lo humano.  Porque este tiempo complicado que nos ha tocado vivir ha propiciado conversaciones en profundidad.

Cuando hemos tocado el tema de nuestras creencias, de nuestra fe, me doy cuenta de cuanta resistencia ponemos en nuestra cabeza y en el corazón ante la realidad de Dios. Nos empecinamos en encontrar la respuesta en la ciencia, en la razón, y tantas otras cosas. ¿Por qué tenemos la tendencia de creer sólo en aquello que podemos ver y tocar e incluso entender? ¡Cuántas pruebas exigimos para creer!. ¡Cuántas condiciones ponemos! Nos consideramos tan dueños de nuestra vida que hasta a Dios lo supeditamos a nuestra voluntad y acaba de ser innecesario y hasta superfluo, tanto que a veces prescindimos directamente de él. La fe es un don de Dios, sí, pero conlleva una respuesta personal y libre. A Dios se le puede intuir, ver y amar, o sencillamente no verlo. Pues por una de las dos opciones tenemos que optar.

Veo al Señor en cada acontecimiento de mi vida, pero además no concibo que él no participe activamente de ella. Por eso me cuesta entender que se pueda vivir de espaldas a él, sobre todo en estos increyentes que yo llamo de nuevo cuño. Esos que han crecido conmigo y en mis mismas creencias, y que no sabes muy bien por qué en un momento de sus vidas han tomado otro camino. Seguramente tendrán su razones y motivos, pero se me hace tan difícil, tan difícil entenderlos. Cada día doy gracias a Dios porque lo he visto y he creído. Le doy gracias por la fe que me sostiene.

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