(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
“Qué dificil me resulta a mí amar a Dios en esas épocas en las que, por las causas que sea, Dios no es una presencia viva y fuerte en mi corazón. Y como consecuencia, qué cuesta arriba se vuelve también todo lo demás, el amor al prójimo, las tareas cotidianas laborales o familiares, y no digamos ya los distintos frentes de compromiso social. Todo se convierte en una carga áspera y pesada, por más que sepa que se trata de mi deber, y que no se trata de cumplir los mandamientos sólo cuando “me sale” fácilmente. Ocurre que nuestro Dios de los cristianos no es una idea, ni una suma de conceptos abstractos, ni mucho menos una filosofía de vida “a nuestra medida”. Es el Dios bíblico, el de Abraham, el de Jesús y también el de los apóstoles y las primeras comunidades: un Dios que cuida, consuela, guía y acompaña, pero que también desconcierta, inquieta y desinstala. Es una persona, y sabemos que no resulta posible amar íntimamente a ninguna persona a la que no se ha llegado a conocer bien. Y con Dios nos sucede lo mismo: si no lo frecuentamos, si no estrechamos la intimidad con Él, su presencia se va diluyendo en nosotros, hasta que amarlo se convierte en un “mandamiento” difícil, cuando debería ser ante todo y sobre todo nuestra respuesta natural y agradecida a su amor primero, incondicional y gratuito, a cada uno de nosotros. Fue Karl Rahner quien dijo, refiriéndose ya a nuestra generación, que “el cristiano del mañana será un místico, uno que ha experimentado algo, o ya no será nada”. Para mí esto significa que no podré seguir de verdad a Jesús hasta que Dios no haya llegado a ser mi “Abbá”, como antes fue el suyo propio. Hasta que Dios no sea mi Papá querido, tierno y misericordioso, es probable que toda mi vida evangélica no sea más que un puro ejercicio de voluntarismo, con más o menos éxito según las épocas. Pero sabemos que el Reino de Dios no se conquista ni se puede llegar a merecer: hemos de abajarnos hasta llegar a saber recibirlo como un regalo, como puro don de Dios. Cuando aprendamos y consintamos en dejarnos amar por Dios, como hizo Jesús, el mandamiento primero será puro gozo agradecido. Yo le doy gracias a Dios porque Él tomó y toma siempre la iniciativa en el amor. Y le pido que nos ayude a vaciarnos de todo lo que, en nosotros, estorbe su toma de posesión de nuestros corazones.”