Peregrino del Camino de Santiago
(por hombre, soltero, trabaja y pertenece a comunidad cristiana)
Cuando alguien se prepara para hacer el Camino de Santiago, es fundamental seleccionar qué cosas va a llevar en la mochila, para que el equipaje no se convierta en algo pesado que dificulte su
caminar y le impida disfrutar de los lugares por los que va a pasar y de la gente que va a conocer.
Algo parecido ocurre en el Camino de la vida. Cuando centramos todo nuestro interés en lo material, en ‘tener cuanto más mejor’, nos estamos privando de saborear el día a día, lo mucho o poco que tenemos, y lo que nos guía es una angustia y una preocupación por acumular para el futuro.
La verdadera riqueza de nuestra vida no depende de cuánto hemos ganado o cuánto hemos comprado o gastado, sino de cómo la hemos vivido, cuánto hemos compartido, cuánto hemos amado.
Tras haber hecho la mochila, el peregrino comienza a andar; si resulta entonces muy pesada, decide qué cosas va a dejar para seguir avanzando en su camino. En nuestra vida sucede lo mismo. Frente a la codicia que nos va alejando del Padre y de los hermanos, a veces sin casi darnos cuenta, el ir compartiendo lo que somos y lo que tenemos nos acerca a ellos.

